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viernes, 10 de septiembre de 2010

El día del fin del mundo


Valoración: Interesante

James Goldstone (Montaña rusa, Quinientas millas) dirigió en 1980 El día del fin del mundo, un film más del recurrente género de las catástrofes, el cual parece que nunca pasará de moda.

Este tipo de películas tienen casi siempre el mismo esquema: por un lado tenemos a dos personajes antagonistas, el incomprendido héroe que avisa del peligro y el poderoso de turno que prefiere arriesgar centenares de vidas antes que su poder y prestigio (como si pudiera librarse así como así de una gran hecatombe); después está la tragedia en sí, al menos la parte más terrible; por último viviremos las peripecias de un reducido grupo de supervivientes, que las pasará canutas para intentar llegar con vida al final de la historia.

Dado que el esquema mencionado es casi inamovible, existen dos recursos para hacer atractiva la trama: aumentar la calidad de guión o la de los efectos especiales. Para lo primero hace falta inteligencia, para lo segundo dinero. Es posible que en El día del fin del mundo gastasen todo su presupuesto en su estelar reparto, ya que la factura visual es bastante pobre, pero independientemente de ello, hay que reconocer que antes se cuidaba más el relato, mientras que en la actualidad sólo parece importar el más difícil todavía, en concepto de efectos técnicos y visuales.

Este film guarda bastantes cosas en común con uno de los más famosos dentro del género: El coloso en llamas. Además de poseer el mismo guionista (Stirling Silliphant) mantiene a dos pesos pesados como Paul Newman y William Holden. También disfrutaremos del trío de bellezas conformado por Jacqueline Bisset, Barbara Carrera y Veronica Hamel, junto con intérpretes de la talla de Red Buttons, Ernest Borgnine, James Franciscus, Edward Albert o los entrañables entrenadores de Rocky Balboa (Burgess Meredith) y Daniel San (Pat Morita).

El libreto tiene sus pequeñas subtramas para tratar de enganchar al público, como el duelo que mantienen Newman y Franciscus, varios romances, algunas traiciones e incluso la evolución que sufre la relación entre un policía y un ladrón. Además, claro está, del clásico tratamiento de la muchedumbre aterrorizada ante la idea de la muerte, el caos y todas esas cosas inherentes al género.

La película tiene un problema y es que falla un tanto en la parte de aventuras. En concreto se eternizan en una secuencia sobre un maltrecho puente (si no me equivoco dura más de veinte minutos) mientras que luego otras circunstancias que quizá requerirían más tiempo, pasan un tanto de corrido.

No es precisamente la mejor película que se ha hecho sobre catástrofes y desastres naturales ni tampoco es original, pero la gran categoría de todos sus actores la salva. Al menos a mí me bastó.

sábado, 21 de noviembre de 2009

2012


Valoración: Mala

Habitualmente el término encasillado se utiliza, en el mundo del cine, para hacer referencia a algún actor que siempre repite el mismo papel. Sin embargo, podría emplearse para calificar a más empleados de esta industria como productores, guionistas y, desde luego, directores.

Es el caso de Roland Emmerich (El día de mañana, Independence day) que de un tiempo a esta parte sólo sabe realizar películas de catástrofes, con el problema de que apenas vemos innovación alguna: el mundo se va al garete ya sea por una invasión extraterrestre, el efecto invernadero o una profecía maya. Mientras todo se desmorona con grandilocuencia de efectos especiales, un previsible, sentimentaloide y facilón guión nos ofrece pequeñas historias de supuesto interés humano sobre ciertas personas que tratan de escapar al desastre, aderezado todo con discursitos patrióticos más o menos exacerbados, que terminan por provocar vergüenza ajena.

Como he dicho, el fuerte de la película está en su factura técnica. No soy, precisamente, alguien que aborrezca las fantasmadas. Simplemente con que sepáis que me apasiona la saga James Bond supongo que queda demostrado. Lo que quiero decir es que no me llevo las manos a la cabeza cuando un autobús salta un hueco de veinte metros en una autopista, como en Speed. Sin embargo, creo que debe trazarse una línea entre lo que puede considerarse como una licencia para dotar de mayor espectacularidad a una secuencia y lo absurdo. Me refiero a que lo mejor de 2012 es, casi con toda seguridad, el momento en que John Cusack recorre a gran velocidad la ciudad de Los Angeles en una limusina mientras todo se derrumba a su alrededor. Y claro, como últimamente todos se pegan por demostrar que son los mejores del mundo con los efectos especiales, la ruptura con la realidad llega a tal extremo que resulta casi paródico.

A todo lo dicho hay que añadir una serie de clichés, sobre todo uno que últimamente está muy manido: que un padre deba convertirse en un superhéroe para que su hijo vuelva a quererlo. Además tenemos un sentimentalismo que peca de empalagoso, un libreto caótico repleto de fallos, menciones sin gracia ni respeto alguno a Obama, Schwarzenegger y la difunta princesa de Gales... Vamos, toda una joyita.