lunes, 29 de noviembre de 2010

Skyline


Valoración: Floja

Los hermanos Strause se han hecho un nombre en Hollywood gracias a sus excelentes trabajos en efectos especiales. Películas de factura visual tan espectacular como Avatar, Iron Man 2, 2012 o El curioso caso de Benjamin Button, por poner algunos ejemplos, nos muestran las maravillas de las que son capaces en este apartado.

Su última película, Skyline, no es una excepción. Se trata de un film que posee unos efectos de tipo técnico espléndidos. Es imposible hallar un solo fallo en imágenes ni sonido. Veremos sensacionales y frenéticos combates aéreos, filmados con precisión y velocidad deslumbrantes, unos invasores generados por ordenador perfectamente insertados con las imágenes reales, violentos y aparatosos movimientos de extraterrestres similares a los centinelas de Matrix, un buen uso en el contraste de la iluminación, un maquillaje perfecto... Lo dicho, técnicamente maravillosa.

Sin embargo, la magnificencia visual de estos hermanos esconde una terrible verdad: su poco talento cinematográfico. Baste recordar que su ópera prima fue la pésima Alien vs. Predator 2, otra película técnicamente muy buena, pero nula dramáticamente hablando. Skyline supone su segunda incursión tras las cámaras y, si bien han mejorado bastante, tampoco requería mucho esfuerzo superar lo narrado en su primer film.

La historia está llena de tópicos y presenta una falta de imaginación brutal, ya que copia con absoluto descaro muchísimos elementos de La guerra de los mundos e Independence Day, además de adoptar prácticamente el mismo estilo de narración que empleó Matt Reeves en Monstruoso, sólo que sin utilizar el estilo de cámara en mano.

Con respecto al libreto hay que reconocerle su habilidad para que hora y media de metraje se nos pase en un visto y no visto. Entre el frenesí de los protagonistas por salvar sus vidas y los continuos ataques, el desarrollo del film se hace bastante ameno. Además las interpretaciones son más bien dignas, a pesar de que los actores no sean de renombre... Bueno, hasta cierto punto, porque los amantes de las series de televisión seguro que han reconocido a Eric Balfour de 24 y David Zayas de Dexter.

Pero todavía existe un problema más importante y es su final, dado que no existe. Tengo la impresión de que en el momento en que los Strause han terminado de deleitarnos con su epopeya técnica, han dado carpetazo y a otra cosa. Es algo así como lo que J.J. Abrams y compañía hicieron al concluir Perdidos, sólo que a lo bestia: al no tener imaginación para un cierre airoso, lo mejor es no ofrecerlo.

Pienso que la parte más importante de una película es el acto final y éste, en concreto, hace que se nos quede cara de tontos, tanto que despertaremos de esa abducción de efectos especiales a la que Colin y Greg Strause nos habían sometido, para así caer en la cuenta de que hemos visto una película muy vulgar y nada original, tan bien camuflada con su lujoso envoltorio visual, que casi logran tomarnos el pelo.

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