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jueves, 6 de enero de 2011
martes, 10 de agosto de 2010
El imaginario del doctor Parnassus

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El célebre miembro de los Monty Python, Terry Gilliam (Doce Monos, Brasil) dirigió en 2009 esta historia acerca de un circo ambulante, cuyo máximo responsable ha hecho un pacto con el diablo. Sin embargo, a diferencia del mito de Fausto, no ha vendido su alma, sino la de su hija.
Bajo esta premisa, Gilliam nos ofrece un relato pleno de colorido e imaginación, aunque tal vez excesivamente barroco, en el que las formas importan mucho más que el argumento. No es que éste no exista, pero está narrado de una manera un tanto caótica, como si el devenir de la historia no importase demasiado. Para mí es el gran fallo de una película que, narrada de otra manera, profundizando más en los diferentes personajes, habría ganado muchísimos enteros.
El rodaje fue muy difícil, en especial por el fallecimiento de Heath Ledger, que ya había protagonizado bastantes escenas. Una de ellas, con su personaje colgando de un puente, parecía trágicamente premonitoria. No es mi intención trivializar con la muerte de un ser humano, pero he de observar que Gilliam solventó la triste pérdida del actor de una manera sublime, haciendo interactuar el mundo real y el imaginario a través de un espejo, de forma que Ledger encarna a su personaje en el plano de existencia de un Londres frío e inhóspito, mientras que en el otro lado, pleno de decorados al más puro estilo Tim Burton, veremos sus diferentes personalidades a través de tres actores distintos: Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrel, quienes superan ampliamente en interpretación al difunto Ledger (lo siento mucho, pero es así).
Del resto del elenco destacar al veteranísimo Christopher Plummer (Sonrisas y lágrimas, Lobo) como el anciano Doctor Parnassus, un hombre que debe llevar encima el peso de una vida longeva con la carga que supone haber jugado con el alma de su única hija, una no muy solvente Lily Cole (Supercañeras). En cuanto al villano,el cantante Tom Waits (lo recordaréis por encarnar el papel de Renfield en Drácula de Bram Stoker) efectúa una humorística versión del diablo que lo convierte en, posiblemente, el mejor personaje de toda la obra.
Al final, cuando uno puede ver la película en su conjunto, nos damos cuenta de que este oscuro cuento acerca del duelo mantenido durante siglos entre el diablo y el dueño de una troupe de circo, no es más que una excusa para que Gilliam haga un homenaje a algunos de sus grandes momentos cinematográficos, ya que encontraremos sin dificultad alusiones a Los héroes del tiempo, Las aventuras del barón Munchausen e incluso de Tideland. ¿Autocomplacencia, ego desmedido o simplemente ganas de pasárselo bien? No sé la razón de esta excesiva catarata de imágenes, movimientos violentos de cámara y sonidos, pero tengo clara una cosa: es una película a la medida de los fans de Gilliam. El resto, posiblemente, terminará saturado.
lunes, 26 de julio de 2010
Pesadilla final: La muerte de Freddy
En 1991 Rachel Talalay debutaba en la dirección cinematográfica con la que, supuestamente, iba a ser última entrega de las andanzas del cada vez menos temible y más cómico Freddy Krueger. El resultado fue tan malo que no es de extrañar que Talalay, tras dos mediocridades más de bajo presupuesto (Ghost in the machine, Tank Girl) se pasara al mundillo de la televisión para encontrar trabajo.
La serie de Pesadilla en Elm Street iba cuesta abajo y sin frenos. Si la quinta parte ya resultó inferior a las anteriores, ésta llegó a tocar fondo. El argumento vuelve a indagar acerca de los orígenes de Freddy Krueger, cambiando con total desfachatez e impunidad partes de su pasado, como el motivo por el que comenzó a matar a los hijos de los habitantes de Elm Street.
El argumento nos sitúa en Springwood, localidad en la que sólo queda vivo un menor de edad (el resto, como podéis suponer, ha yacido a manos de Krueger). Freddy quiere valerse de ese chico para introducirse en las pesadillas de adolescentes de otros lugares y así continuar matando. Después se complica un poco con la aparición en escena de su propia hija (obviando por completo todo lo sucedido en la quinta, donde parecía tener un hijo) aunque al final todo se reduce a lo siguiente: chavalitos que se quedan dormidos con una facilidad pasmosa (ya no hay tensión por el hecho de intentar mantenerse despiertos, simplemente cierran los ojos a conveniencia del libreto) a los que Freddy atormenta, acosa e insulta de forma soez y poco original (sólo se salva una secuencia que tiene como protagonista al audífono de un chico que padece de sordera).
Se supone que el aspecto fuerte de la película eran los efectos especiales, con un último tramo en tres dimensiones (sí, ya existían antes de ahora) más irrisorio que otra cosa (el momento en que desde la película avisan al público de que debe usar las gafas para disfrutar del 3D es patético). Sin embargo, los efectos de sonido tipo dibujos animados hacen que uno jamás pueda tomarse en serio esta producción. De hecho, entre el sonido y la pandilla en furgoneta que trata de resolver un misterio sobrenatural, parece que estamos ante una versión grotesca de las aventuras de Scooby Doo en lugar de visionando una película de terror.
Atendiendo al título, la película parecía estar confeccionada como colofón al mítico Freddy Krueger. Incluso durante los títulos de crédito finales se homenajea a toda la saga con sus mejores y más impactantes imágenes. Sin embargo, Wes Craven debió de pensar que su gran creación no merecía un final tan esperpéntico (con el paso del tiempo Krueger había pasado de ser un formidable villano a convertirse en un vulgar payaso) y tres años después escribiría y dirigiría una nueva y original entrega, con la que, de alguna manera, salvó la honra de su creación. Y menos mal, porque denostar así a todo un personaje de culto debería ser ilegal.
La serie de Pesadilla en Elm Street iba cuesta abajo y sin frenos. Si la quinta parte ya resultó inferior a las anteriores, ésta llegó a tocar fondo. El argumento vuelve a indagar acerca de los orígenes de Freddy Krueger, cambiando con total desfachatez e impunidad partes de su pasado, como el motivo por el que comenzó a matar a los hijos de los habitantes de Elm Street.
El argumento nos sitúa en Springwood, localidad en la que sólo queda vivo un menor de edad (el resto, como podéis suponer, ha yacido a manos de Krueger). Freddy quiere valerse de ese chico para introducirse en las pesadillas de adolescentes de otros lugares y así continuar matando. Después se complica un poco con la aparición en escena de su propia hija (obviando por completo todo lo sucedido en la quinta, donde parecía tener un hijo) aunque al final todo se reduce a lo siguiente: chavalitos que se quedan dormidos con una facilidad pasmosa (ya no hay tensión por el hecho de intentar mantenerse despiertos, simplemente cierran los ojos a conveniencia del libreto) a los que Freddy atormenta, acosa e insulta de forma soez y poco original (sólo se salva una secuencia que tiene como protagonista al audífono de un chico que padece de sordera).
Se supone que el aspecto fuerte de la película eran los efectos especiales, con un último tramo en tres dimensiones (sí, ya existían antes de ahora) más irrisorio que otra cosa (el momento en que desde la película avisan al público de que debe usar las gafas para disfrutar del 3D es patético). Sin embargo, los efectos de sonido tipo dibujos animados hacen que uno jamás pueda tomarse en serio esta producción. De hecho, entre el sonido y la pandilla en furgoneta que trata de resolver un misterio sobrenatural, parece que estamos ante una versión grotesca de las aventuras de Scooby Doo en lugar de visionando una película de terror.
Atendiendo al título, la película parecía estar confeccionada como colofón al mítico Freddy Krueger. Incluso durante los títulos de crédito finales se homenajea a toda la saga con sus mejores y más impactantes imágenes. Sin embargo, Wes Craven debió de pensar que su gran creación no merecía un final tan esperpéntico (con el paso del tiempo Krueger había pasado de ser un formidable villano a convertirse en un vulgar payaso) y tres años después escribiría y dirigiría una nueva y original entrega, con la que, de alguna manera, salvó la honra de su creación. Y menos mal, porque denostar así a todo un personaje de culto debería ser ilegal.
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Pesadilla en Elm Street
En 1984, el maestro del terror Wes Craven (Scream, Vuelo nocturno) ideó a uno de los psicokillers más famosos de la historia del subgénero slasher: Freddy Krueger. La idea del film era bastante ingeniosa: si alguien muere mientras sueña, fallecerá también en la vida real.
Todos sabemos que en las pesadillas, uno siempre despierta antes del posible fatal desenlace. Craven utiliza magistralmente este argumento con Freddy Krueger, un ser que persigue y aniquila adolescentes mientras sueñan.
Además de jugar con el miedo y los elementos oníricos, el guión, escrito también por Craven, explora otros ámbitos como la poca capacidad de entendimiento de los adultos ante los problemas manifestados por el grupo de adolescentes que padecen a Freddy. Tampoco descuida la desazón de estos muchachos que, en un principio, piensan que están siendo víctimas de algún tipo de posesión.
La principal fuente de terror del film radica en el aterrador pensamiento de que si uno se queda dormido, morirá. Craven sabe explotarlo en una narración firme que no decae, de manera que el espectador siempre sentirá la opresión que soportan los diferentes caracteres.
Pesadilla en Elm Street está considerada como película de culto. Por un lado tenemos la terrorífica idea de que un ser tan maligno como humorísticamente macabro, sea capaz de traspasar la frontera de los sueños; por otro, los clásicos sustos y escenas sangrientas están muy bien filmados, ya que la puesta en escena, la ambientación y la excelente banda sonora de Charles Bernstein generan, por sí mismas, un clima de tensión importante; en el apartado visual, aunque se nota la tecnología ochentera, goza de secuencias tan impactantes como bien elaboradas en sus diferentes crímenes y, como guinda final, supuso el debut en la interpretación de uno de los actores más conocidos en la actualidad: Johnny Depp.
Fue tal su éxito que, al igual que otras producciones de terror de la época como Viernes 13 o Halloween, contó con numerosas secuelas, algunas de ellas bastante dignas (en especial las partes tercera y cuarta) aunque otras, como era de esperar, resultaron horribles.
Su personaje principal, Robert Englund (el lagarto bueno de V) se hizo de oro con el papel, aunque acabó un tanto harto por una razón que convence: nadie le librará de quedar encasillado. Englund no participa en el remake que se estrena estos días, pero de eso ya hablaremos cuando toque.
Todos sabemos que en las pesadillas, uno siempre despierta antes del posible fatal desenlace. Craven utiliza magistralmente este argumento con Freddy Krueger, un ser que persigue y aniquila adolescentes mientras sueñan.
Además de jugar con el miedo y los elementos oníricos, el guión, escrito también por Craven, explora otros ámbitos como la poca capacidad de entendimiento de los adultos ante los problemas manifestados por el grupo de adolescentes que padecen a Freddy. Tampoco descuida la desazón de estos muchachos que, en un principio, piensan que están siendo víctimas de algún tipo de posesión.
La principal fuente de terror del film radica en el aterrador pensamiento de que si uno se queda dormido, morirá. Craven sabe explotarlo en una narración firme que no decae, de manera que el espectador siempre sentirá la opresión que soportan los diferentes caracteres.
Pesadilla en Elm Street está considerada como película de culto. Por un lado tenemos la terrorífica idea de que un ser tan maligno como humorísticamente macabro, sea capaz de traspasar la frontera de los sueños; por otro, los clásicos sustos y escenas sangrientas están muy bien filmados, ya que la puesta en escena, la ambientación y la excelente banda sonora de Charles Bernstein generan, por sí mismas, un clima de tensión importante; en el apartado visual, aunque se nota la tecnología ochentera, goza de secuencias tan impactantes como bien elaboradas en sus diferentes crímenes y, como guinda final, supuso el debut en la interpretación de uno de los actores más conocidos en la actualidad: Johnny Depp.
Fue tal su éxito que, al igual que otras producciones de terror de la época como Viernes 13 o Halloween, contó con numerosas secuelas, algunas de ellas bastante dignas (en especial las partes tercera y cuarta) aunque otras, como era de esperar, resultaron horribles.
Su personaje principal, Robert Englund (el lagarto bueno de V) se hizo de oro con el papel, aunque acabó un tanto harto por una razón que convence: nadie le librará de quedar encasillado. Englund no participa en el remake que se estrena estos días, pero de eso ya hablaremos cuando toque.
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viernes, 23 de abril de 2010
Alicia en el país de las maravillas

Valoración: 
No es fácil criticar a Tim Burton, ya que enseguida se te echa encima su amplia legión de incondicionales, pero Alicia en el País de las Maravillas confirma un hecho que se lleva cumpliendo en sus últimas películas: una abismal diferencia entre la inventiva visual y el interés por la trama.
Siendo honestos, si Burton ha cosechado esa colección de fieles es por la gran calidad que atesoran muchas de sus películas. Conviene recordar que entre su filmografía se encuentran joyas como Eduardo Manostijeras, Ed Wood o mi favorita, Batman. Pero desde que en 2001 rodó una penosa versión de El planeta de los simios, se diría que Burton ha entrado en barrena.
Siempre se alude a su imaginación y a su puesta en escena. De lo segundo, atendiendo sólo a los efectos visuales, estoy de acuerdo. Pero jamás podría tildarse de imaginativa una película que, a imitación de lo que Spielberg hizo en Hook, versiona un cuento infantil desde el punto de vista de un adulto que ya ha olvidado sus peripecias de la infancia. Y el resultado es similar, pues si el gran Spielberg fracasó con un Peter Pan adulto en el film mencionado, a Burton le sucede lo mismo con una Alicia que huye de sus obligaciones sociales como mujer en edad casadera, para volver al País de las Maravillas en busca de nuevas aventuras.
En cuanto al espíritu del libro y a la fidelidad del libreto, podríamos decir que es una historia tan poco fiel como lo fue en su día Sleepy Hollow. Entiendo que se nos puede acusar, a quienes nos gustó esta leyenda (hablo de la novela escrita), de ser excesivamente críticos con Burton en aquella ocasión, pero lo que es indudablemente cierto es que no respetó en absoluto el relato de Washington Irving.
Ahora hace lo propio con la obra de Lewis Carroll. No es que una versión cinematográfica tenga que ser exactamente igual que un libro, pero al menos ha de mantenerse fiel al espíritu, como tan bien supo recrear Peter Jackson con la primera parte de El señor de los anillos. Curiosamente dicha trilogía sirve para ilustrar el poco respeto de Burton por los originales en que se basa, ya que es similar a lo cometido por Jackson contra la inolvidable obra de J.R.R. Tolkien en las partes segunda y tercera.
Después tenemos la elección del reparto, con una protagonista, Mia Wasikowska (En terapia) incapaz de transmitir absolutamente nada. ¡Cuánto habría ganado la película con Dakota Fanning (El fuego de la venganza, Push) en el papel principal! Y, cómo no, Johnny Depp (que parece hacer siempre el mismo papel con Burton) y Helena Bonham Carter formando parte del elenco, como si no existiesen más actores en el panorama hollywoodiense.
Cuando los seguidores de Burton lean esto, supongo que me crucificarán. Sin embargo, al rato, cuando dejen de tomárselo como algo personal (nunca he entendido por qué la gente se enfada con las opiniones cinéfilas, pero así es) no podrán por menos que reconocer que estamos ante una película muy inferior a las capacidades de este director, con un guión aburrido y nada original (la responsable es la escritora de La bella y la bestia y El rey león, Linda Woolverton) y una concepción claramente comercial, orientada a obtener grandes beneficios a costa del 3D. Por cierto, ya que estamos, sobre esta tecnología el único que por el momento le ha dado un buen uso es James Cameron, por mucho que la envidia haga que algunos se empeñen en pensar lo contrario.
¿Volverá Burton a sus orígenes o seguirá sin esforzarse lo más mínimo en filmar una buena historia? El tiempo y el dinero recaudado nos lo dirán.
jueves, 20 de agosto de 2009
Enemigos públicos

Ante la avalancha de películas mediocres, como viene siendo habitual en los últimos veranos, esperaba con gran interés lo último de Michael Mann, pensando que el realizador de filmes tan magníficos como El dilema o Heat nos sacaría de este hastío estival. Lo que menos podía imaginar es que la principal carencia de este relato estuviera precisamente ahí, en el poco interés que suscita, ya que Mann nos ofrece una historia muy plana, con personajes sin profundidad y un guión de lo más convencional.
Mann ha decidido obviar el argumento en detrimento de la creación de belleza formal. Así las cosas, la película puede presumir de ambientación, calidad visual, vestuarios, decorados y puesta en escena en general, demostrando que en ese sentido es un experto. Pero por mucha habilidad que Mann demuestre en las facetas técnicas, la película, salgo algún que otro chispazo brillante, es soberanamente aburrida y eso no hay quien lo salve.
El elenco con el que Mann ha contado para esta producción es de altura, pero ni el gran Johnny Depp, ni el solvente Christian Bale ni la oscarizada Marion Cotillard pueden hacer gran cosa, por culpa del maltrato del guión hacia sus caracteres. La película podría haber sido de lo más entretenida si Michael Mann lo hubiera narrado como un western clásico, es decir, un popular atracador de bancos buscado por un famoso sheriff como trama principal y no como mera excusa de fondo para llevar a cabo la filmación. Ahí sí habrían brillado Depp y Bale. Pero observar cómo en plena recesión de los años 30, un gángster que roba y mata para pegarse la gran vida es aclamado por el populacho, no me termina de convencer como argumento válido para semejante producción.
Mann ha decidido obviar el argumento en detrimento de la creación de belleza formal. Así las cosas, la película puede presumir de ambientación, calidad visual, vestuarios, decorados y puesta en escena en general, demostrando que en ese sentido es un experto. Pero por mucha habilidad que Mann demuestre en las facetas técnicas, la película, salgo algún que otro chispazo brillante, es soberanamente aburrida y eso no hay quien lo salve.
El elenco con el que Mann ha contado para esta producción es de altura, pero ni el gran Johnny Depp, ni el solvente Christian Bale ni la oscarizada Marion Cotillard pueden hacer gran cosa, por culpa del maltrato del guión hacia sus caracteres. La película podría haber sido de lo más entretenida si Michael Mann lo hubiera narrado como un western clásico, es decir, un popular atracador de bancos buscado por un famoso sheriff como trama principal y no como mera excusa de fondo para llevar a cabo la filmación. Ahí sí habrían brillado Depp y Bale. Pero observar cómo en plena recesión de los años 30, un gángster que roba y mata para pegarse la gran vida es aclamado por el populacho, no me termina de convencer como argumento válido para semejante producción.
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